jueves, 17 de julio de 2014

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. Breda

                                                           

Dicen que de  lo sublime a lo ridículo hay un paso. Los hechos lo confirman. La selección alemana de futbol  ha ganado el Mundial de Brasil. Lo celebró en la puerta de Brandenburgo de Berlín. Todo era alegría, jolgorio y alcohol.

Miren por dónde dieron el paso de lo sublime a lo ridículo. La gente confunde  histeria con alegría, música con ruido, felicidad con vocinglería. Entre saber estar y hacer el ridículo  hay algo tan pequeñito como dar un paso. No supieron, y eso lo sabrán y verán cuando  despierten de la borrachera, respetar a sus rivales en la final.

Los muchachos estaban fuera de sí  en aquel momento de euforia. La muchedumbre que los vitoreaba, también. Calles abarrotadas, bailes, saltos, cántico, gritos... Los alemanes,    personas muy serias y herméticas, parecían que eran de otras latitudes. Casi todo era una sinrazón.  Personas normales no contralaban sus fuerzas ocultas. ¿Por qué actuamos así en según qué momentos?

Maradona ese ser que ha agotado casi todos los adjetivos calificativos, hizo lo propio con los brasileños preguntándoles “qué se siete”. No sabía que unos días más tarde su selección estaría en la misma situación y, ahora, desde Berlín, en la burla pública.

 Cualquiera puede perder los papeles sin darse cuenta: acabar en las manos por una discusión tonta en la barra de una taberna,  por el descontrol en la bebida se revienta un caballo en el  Rocío o se insulta, amparados en la masa, desde una grada.


Respetar al vencido sólo ha aparecido una vez en la historia. Lo pinta Velázquez en la rendición de Breda. Spínola pone  la palma de su mano derecha sobre el hombro izquierdo de  Justino de Nassau.  A pesar del momento, el cuadro rezuma humanidad. ¡Qué buena ocasión para que los vencedores alemanes se acercasen a mirar el cuadro de Velázquez!

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