jueves, 16 de enero de 2014

Una hoja suelta del cuaderno de bitácora. La olla de San Antón

                                   

“San Yago montó su potro/ y San Marcos en su toro; / San Antón en su marrano / y San Francisco en su lobo”. Así lo contó Fernando Villalón, en su ‘Oración de San Antonio; así se lo digo yo…

Dicen que San Antón fue un eremita de un lugar tan lejano como Egipto, que pasó por Alejandría, Constantinopla y algún que otro lugar de Francia (sus cenizas, claro) y que, en media Europa, y parte de América, se le venera como un santo protector de animales.

Al santo se le atribuyen muchas cosas. “Con pan y vino, se anda el camino”, cuenta el refranero. En este caso, con olla y vino… y todo lo demás. Es costumbre que, por estas fechas, - 17 de enero, días antes o días después – “porque hasta San Antón, Pascua es”, se guisa una olla grande con grasas, hortalizas y legumbres. Arrecia el invierno, hace frío y ya se sabe... la gastronomía siempre al quite.

Carlos Cano cantó aquello de “a la cena de las monjas”. La cosa iba más por dulces reposteros de convento que por ollas recias y reconfortadoras. No veo yo a esas beatitudes angelicales, encerradas tras un torno, dando cuenta de una olla como estas.

A San Antón lo muestra la iconografía con un cerdito a sus pies. “Del cerdo hasta los andares”, así que a la olla si le faltaba alguna bendición - que no le falta - pone como santo y seña al de las cuatro patas y el rabito rizado.


“Mirad que entre los pucheros y las ollas anda Dios”, escribió Santa Teresa y si tan alto Señor se las anda entre fogones y aguas hirviendo y todo lo que en ella se echa y cuece, ya me dirán ustedes que debo opinar yo ante tan magno misterio. ¡Qué aproveche!

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